lunes, 22 de septiembre de 2008

Conduciendo hacia el Sarmiento

Es un jueves gris, como esos días que invitan a quedarse en casa tomando unos mates y mirando por la ventana. La típica expresión del “¡Uy, qué frío! se repite varias veces el los labios de Débora, mi novia, que fue seducida esa noche por la idea de hacer algo distinto: ir al teatro.

Nunca fui de ir al teatro, y por eso debe ser que aquella noche tenía una mezcolanza de incertidumbres en mi cabeza. Sin embargo, la incertidumbre que más importaba en este momento era cómo llegar al teatro. ¿Subir la autopista en Bernal o ir por el acceso sudeste para ahorrarme $1,20? ¿Bajo en Huergo o en 9 de Julio? ¿Dónde está el Monumento a los españoles? Esas eran mis incógnitas, que fui respondiéndomelas en la medida en que me topaba con ellas.

Finalmente, logré sortear aquellas dudas, pero eso fue después de dar varias vueltas por Avenida Libertador sin encontrar el rumbo, sin que Débora pueda descifrar aquello que llaman “Guía T”.

Sin tener mucho en cuenta las ortodoxias del tránsito, apenas vislumbre un lugar frente a La Rural que decía: “Teatro Sarmiento” no lo dudé y doblé en “U” por la avenida, previo a ver que no había tráfico en ninguno de los sentidos de la avenida Sarmiento. De haber sabido lo que me esperaba en el teatro, seguramente me hubiera acordado de las explicaciones del Ingeniero Guido Valentinis…

La mente

Compleja la mente humana, que pre-conceptualiza las cosas que aun no conoce. Es un ejercicio que se da inconscientemente y que, de alguna manera, forma gran parte de nuestro universo desconocido. Muchas veces uno cree que sabe como son las cosas por el simple hecho de haber escuchado de ellas, o hasta por ver fotografías o películas en donde aquellas cosas existen. No tenemos ninguna certeza real de que las cosas son así, pero estamos convencidos de que lo tenemos bien claro.

Ese jueves yo tenía una imagen de gran teatro esperándome. La bonetería con una cartelera llena de fechas y de obras con actores de renombrado prestigio. Veía en mi mente un semicírculo de butacas de la más fina madera, revestida con un tapizado de alguna tela fina roja. Veía un escenario imponente, lleno de luces que se prenden y se apagan al compás de las escenas, junto a un telón rojo de siete metros de altura que disimula todos los artificios previos a la escena que los actores producen en el detrás.

A medida que ingresaba al Teatro Sarmiento toda esa idea se me iba deshojando. Una ventanita a la izquierda del hall de entrada era la boletería. Alrededor solo había una señora de sacón de piel, entrada en años, que invitaba a sacar las mas absurdas conclusiones: desde que aquella distinguida dama ocupaba el mismo lugar todas las noches en el mismo teatro (algo así como un socio vitalicio que quiere hacer valor su condición de socio y va a la cancha aunque nieve) hasta que se había escapado del zoológico de Buenos Aires abrazada por un bisonte que se le había pegado desde el cuello hasta la cintura.

Pero más allá de reparar en pequeñeces que podían resultarme anecdóticas, mis nervios por conocer por fin un teatro real aumentaban cada minuto. Débora, sin embargo, estaba tranquila. Ella ya había planeado que íbamos a hacer al salir del teatro: había visualizado un Mc Donals en la rotonda de la esquina de Sarmiento y Santa Fe.

Las tablas

Nueve de la noche en punto. Alguien sale y me parece escuchar que invita a todos a ingresar, la obra va a empezar. Débora y yo encabezamos la fila de estudiantes del taller de escritura que estuvimos presentes esa noche. Sin embargo, cuando se abrió la primer puerta me dio la impresión de que no estaba entrando a la zona de butacas, sino al detrás del escenario. Por un momento pensé:-“¿no me habré equivocado y este camino conduce al escenario?”. Luego, una muchacha de pelo rubio (fruto del artificio estético de la peluquería), me pidió las entradas había comprado por quince pesos. Seguí mi rumbo ya seguro de que ese camino me llevaría a un lugar correcto.

Ahora bien, atrás quedó aquella imagen psíquica de un teatro con butacas y escenario imponentes. El cuadro del salón podría definirse simplemente como un salón amplio, con sillas dispuestas sobre una suerte de gradas que formaban tres filas. Con un máximo de cincuenta personas, esa noche había como mínimo treinta lugares vacíos. En el frente busque el escenario pero no lo encontré. No como yo lo esperaba. Había una mesa común y corriente, dos hombres jugando al truco (que ni siquiera hablaban como para que los escuchemos) y una mujer cebando mate sin intervenir en la contienda “naipera”. Así, sin saber si eso era parte de la obra o eran personas a las que no les avisaron que allí no podían estar, pues era el escenario de “Escuela de Conducción”, encendí mi grabador y lo camuflé debajo de mi campera; me gusta hacer eso cuando no esta permitido hacerlo, aunque esta vez fue diferente a las demás

El trío, el guión y los sentimientos

Por fin comenzó la acción. Luego de cinco minutos de un juego de truco que seguro se definió en las quince buenas, los tres actores salieron de su letargo y, acompañados por una zamba de Horacio Guarany interpretada por los Tucu-Tucu y luces tenues, hicieron un paso de baile que invitaba al desconcierto total. Una pantalla detrás de escena pasaba imágenes de una película antigua. La mujer comienza a sacar cosas de su cartera. En definitiva, me costo varios minutos captar el hilo del guión que realmente ahora me pregunto si existe. Lo que si existe es que tanto Guido Valentinis como Carlos Toledo y Liliana Sigismondi son empleados del A.C.A. Lo que los diferencia del resto de los actores es que no son actores, sino gente que habla de la realidad que viven diariamente.

Más allá del guión, que entremezclaban humor, monólogos, clases de conducir, algo de canto y baile, quizás lo que más me impresionó fue la capacidad de estas personas de comunicar sentimientos, de manera disgregada pero con profundidad. Un testimonio de Liliana hablando de sus padres, o una carta que la esposa de Carlos le escribió hace, y que éste lee con emoción lagrimosa, fueron momentos de alto impacto emocional.

Pero así como empezó la obra, terminó. De manera casi inesperada (y digo casi porque ya nos habían avisado que esto iba a ser así) los mismos actores invitaron a todo el público a comer una picada de campo en un salón preparado con una mesa y mucha comida a la derecha del invisible escenario.

Y así transcurrió esta experiencia teatral, que como broche de oro fue cerrada por una de las anfitrionas del lugar que, aunque no se quien es, me acerque mientras nos devorábamos pequeñas empanadas de carne. Le pregunté como nació esta manera de hacer teatro, que caracteriza todo el ciclo de obras de Vivi Tellas llamado Biodramas. Ella me respondió: -“lo único que se busca es poder contar un pedazo de realidad con la construcción artística necesaria, para que no sea simplemente un testimonio de vida, pero que tampoco se convierta en ficción”. Si, ya se……..me suena a crónica………

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